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Ánito contra Sócrates

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Ánito contra Sócrates

Tras su condena a muerte en el juicio que Ánito llevó a cabo contra su persona, Sócrates tuvo infinidad de oportunidades de escapar de sus carceleros.
Era una práctica corriente en la Grecia Clásica que los reos condenados a muerte tuviesen la posibilidad de escapar poniendo, así, a salvo su vida pero dejando, por el camino, su honor. Como es sabido ninguno de estos intentos fructificó. Sobre todo por la negativa de Sócrates a escaparse por una cuestión de principios que es el legado más importante que la filosofía de Sócrates, personaje que nunca escribió una línea, nos dejó.
Sus últimos momentos se narran en varias obras que hoy están al alcance de cualquiera siendo la más famosa, quizá, la Apología de Sócrates que escribió su discípulo Platón. Traigo aquí esta noticia de Sócrates porque ante los actos que últimamente vienen desarrollándose en Cataluña sería interesante, solo por contraste, volver a las enseñanzas del maestro y dejar claro de manera definitiva cual es el sentido último de lo que significa vivir en común.
Asistimos perplejos, estos últimos tiempos, a una dinámica que parece haberse asentado en nuestras ciudades y de la que es partícipe, por complacencia, dejadez o militancia, cierta parte de la clase política que nos gobierna. Esa dinámica es la que se apropia de los espacios comunes malbaratándolos, ocupándolos y destrozándolos para el uso y proclama de las ideas de un colectivo que, por numeroso pero nunca mayoritario, no posee el derecho de apropiación de lo público para un uso privativo, propagandístico o político del mismo.
La falacia en la que se sustentan estas acciones parte de la proclama de que las leyes que no son justas no tienen porqué cumplirse. El problema estriba en que quienes deciden, a partir de ese momento, qué es o no justo son, precisamente, quienes se saltan las leyes declarándolas injustas.
Hemos tenido un claro ejemplo estos días en Mataró cuando un grupo heterogéneo de personas, entre las que abundaban los niños, se plantó en la puerta del ayuntamiento de nuestra ciudad y empapeló, literalmente, la fachada del consistorio y los adornos que la completan con carteles y eslóganes defendiendo sus ideas y a favor de unos condenados, en firme, por delitos contra la libertad, la democracia y el bien común.
Como no era la primera vez que esto sucedía, quizá es este el momento de volver de nuevo a Sócrates y recordar que, ante la amenaza de la muerte y el apremio de los suyos a que se escapara y huyese en un barco que le esperaba en el puerto del Pireo, Sócrates les explicó que el secreto de una sociedad feliz estribaba en el cumplimiento de sus leyes y que estas, que no eran infalibles podrían estar equivocadas, ante lo cual, la única forma posible de mantener la justicia en la polis (nombre que los griegos daban a la ciudad) consistía no, precisamente, en saltarse las leyes injustas sino en cambiarlas.
Por ello volvemos, de nuevo, la mirada a los orígenes de la filosofía en donde aprendimos que una idea respetable puede ser defendida, cualquier norma que una mayoría considere injusta es mejorable o cambiable y es digno y noble disentir y defender otra forma de contrato entre los individuos de una sociedad. Lo que nunca podremos admitir es que los menos impongan su criterio basándose en ideas contrarias a la justicia y los más asientan y callen.

José Antonio Molero